miércoles, 3 de diciembre de 2014

MARIPOSA DE LA NOCHE

Clara luz era una joven inquietísima, hermosa como las rosas y su fragancia fresca, le fascinaba tararear baladas de María Rodríguez y Omar López un cantautor popular del pueblo.

En ocasiones dejaba fluir su voz armónica con contundencia cándida y dulcificada, su timbre brotaba como dulce melodía embelesada, su forma de vida era como un atardecer en coma flotante y el sol que abrazaba era arropado con acacias pálidas y cachupinas dobles, ungidas con el olor a tierra recién mojada.

Clara luz era hierba fresca, mastranto y tomillo, de refinada piel y rostro divino bien delineado, de allí surgían sus mejillas acaloradas y dos palpitantes hoyuelos cuando reía, su ojos eran noblemente achinados, retinas de acento triste y en sus jugosos labios sensuales se mantenía una sonrisa débil. Su ansiedad ígnea dibujaba fulgurantes pasajes de inviernos húmedos, cálidos y sugestivos.

Eran sus pasos paulatinos, breves, riquísimos, como fantasmas en los días de sol, pisoteaban juguetones la vía de alquitrán negro que se sonrojaban al ver lo que otros no podían mirar al fondo de su falda. Sus caderas eran poderosas, su cintura una delgadas línea en forma de guitarra que moldeaba su grácil figura de hembra apasionada y caliente, era un espectáculo de ilusionista, todo un precioso monumento. La cadera la ondulaba con ritmo mágico, todo un señor juego de ritmo sexual, como mítica ola en un vaivén exquisito turbulento e insonoro.

Pero impresionante eran su mirada transparente como rivera frescas, expresivos, espejo limpido, brillantes como plato de níquel pulido con crema brazzo; su cabellera rubia le hurtaba el pasar del viento, sus labios eran jugosos, un panal de rojo fuego que incitaba morder su pulpa de manzana, labios que al abrirse para pronunciar palabras emitían un conglomerado de inocencia angelical.

Ella tenía el don natural de hechizar, atraía con su hermosa y pálida tez, siempre caminaba sin prisas, anclada como en suspensivo sueño retorcido por un amasijo de versos blancos. Era silenciosa, sumisa, semejante a luz suspendida del crepúsculo y de su amada la alborada y sus matices líricos, propios de un amarillo limón o de esmeralda.

En las noches de silencio y soledad se sentaba en el viejo porche de su casita azul, así pasaba las horas entretenida mirando las centellas de la inmensidad y a los luceros a los cuales figuraba como luces de arbolito de navidad, y mientras los contaba uno a uno sus pensamientos se entremezclaban con la calle desierta que larga se terminaba entre sus ensueños reflexivos. A la claridad del inmenso ojo nocturno su tierna faz resplandecía hermosa, bélica sobre un céfiro de fuego incontrolable que la incrustaba en ignota apariencia. La frágil iluminación de la luna le arrancaba hilados de plata de sus ojos achinados, híbridos de su pasión juvenil. Ellos insomnes, cándidos y acaramelados, fulguraban alborozados anegados voluptuosos entre su espejo niquelado.

El viento lamido, su caballero vagabundo, amante de la atmósfera y de Clara luz le cantaba serenatas, le acariciaba con sus manos el pelo rubio, sedoso y le besaba el rostro con suaves besos de terciopelo lacónico. En ocasiones sus repetidas caricias le laceraba con densa presión gélida su tez lozana y Clara luz se acurrucaba cimbreante entre brazos cruzados, de ahí surgían azuladas lagunas deplorables que la sumergían lánguida a su antigua quimera.

Ella como soledad inexorable transformaba su débil sonrisa en una muesca impotente, sus ojos anfíbracos viajaban como espejos sin fondos entre una pesadilla sin fina. La adolescente vivía angustiada sobre un espejismo cristalino en una carretera hirviendo al medio día de una hora inoportuna, incrustada en una primavera de margaritas en naturaleza muerta, sus pupilas enrojecidas bailaban en lechos de vacíos espectros trastocados. Sus movimientos eran lentos, parecía una estatua sobre un pedestal de piedra liquida, una efigie solitaria de la diosa Venus que observan ante sus retinas, griegos bordillos en alguna ruina retorcida por los tiempos.

Eran sus estertores fuego y oro, pasión loca vertida en un conjuro de encantos, una inquietísima lágrima de humo laceraba su hondo letargo y su desdicha, posaba en un despertar lánguido sobre una intangible pintura de ideas surrealistas.

De noche al reposar en la alcoba el sueño se le transformaba en pesadillas inquietas, voraces como volcán implosivo, su corazón era lava ardiente y su clítoris se dilataba al máximo. Sus sueños tejían alborozados bailes y fiestas nocturnas, recolección de amistades con influencias mundanales, de aquellos que fumaban, tomaban licor, hacían orgias y prevaricaciones libres, gente que se desvivían por volar entre pasiones prohibidas, cuyas se asfixiaban con flores de ceniza en una pradera sin luna y sin estrellas.

Una vez cansada de tantos silencios arranco de su cuerpo la severa castidad que la sostenía en su hogar, se olvidaría de las palabras y los gestos arbitrarios de sus padres, palabras que destilaban la rectitud, que la embargaban de ira, frustración y despecho, olvido queda aquellas licitudes de amor inculcadas desde su niñez y las separo a un lado para escoger un visaje fusco, nublado, apagado y desordenado. Clara luz se transformó en la sifrina moderna, su belleza de sol, hierba y flores cambiaron su lujo natural por escombros artificiales, se inmiscuyó intemperante entre un panorama de vanidades inconclusas, se fundió acoplada a fontanas turbias y estrellas ocultas de cansancios con destellos grises y rasgados.

Ella pálida de angustias amargas se embriago en cúmulos de placeres vagarosos, entre jardines de la pasión loca, de sentimientos fulminantes, de entregas, pérdida de la pureza virginal, puso su cara de frente al dolor con puertas de libido al frió del quebranto ignoto. Clara luz había cambiado su nombre, “Mariposa Nocturna”, y cambio su vida al lujo libertino de los deseos, poso de brazo en brazo chupando picafloresAcarigua.

Sin embargo ella misma había decidido cambiar su destino, fue apresurada detrás de las huellas de sus verdugos mancebos, y así quedo, hundida en el brebaje de su mala cabeza, se convirtió en la mujer de todos, deseada por lascivias de ojos que desnudan paredes.

“Mariposa Nocturna” en su nueva soledad, se sentaba aun a horas de la noche en la banca de la plaza, con el brillo de sus retinas siniestra de martirios, con lágrimas rojas de ira, extrañado y añorando su pasado como una daga al rojo vivo que traspasaba su corazón, se recordaba intensivamente de los papeles escritos de su puño y letra con lápiz de “crayola”, o escuchar la voz de su madre repicar. Clara ¡Anda a estudiar! Clara ¡No vallas para allá es por tu bien! Clara ¡Eso es malo! Clara esa gente consumen drogas, ¡cuídate de las malas bebidas! Clara los muchachos modernos lo que le gustan hacer es puro sexo, Clara No seas tan desobediente, en la miniteca y fiestas en este pueblo lo que conseguirás es salir embarazada, Clara luz te queremos mucho, ¡comprende por favor!

Y así quedaba absorta y lloraba arrepentida de su pecado e indecencia… ¡Dios mío que he hecho! Gimoteaba… Pero a pesar de todo el ser humano es débil y la carne siempre es propensa a buscar lo malo, actualizada era diferente, exhibía como diamante recién cortado su propia existencia, nadie le gobernaba sus ideales, en la piel esgrimía silenciosa recientes golpe de sus hermanos, moretones de la desidia en su delicada piel de reciente mujer, eso no le importaba, le habían desterrado del cálido hogar, le era indiferente, el mundo que sentía era fascinante, pero lloraba, había sido usada, engañada, roto sus sueños de vivir libre como el viento, tarde se dio cuenta que el mundo está lleno de aprovechadores, oportunistas, hipócritas, vividores y que sus amigos verdaderos eran su padre y madre. ¡Dios mío! Volvió a balbucir con las manos puestas en el rostro compungido y demacrado.

Año y medio después regresaba a su hogar súper arrepentida de sus tertulias y aventuras, traía acurrucada en su pecho mortecino y tembloroso aquella criatura enfermiza, era un niño recién nacido, una gota de luz surgida inocente sin culpas a su destino. Mariposa nocturna caminaba al paso lento de sus pies descalzos, heridos, sangrantes, huía abandonada del destino, de su concubino juvenil, un mozo bien parecido pero implacable, mujeriego como de todas las estirpes de su baja calaña, roquero, flojo, machista y drogómano, se recordaba lo que le decía su madre, “Amor con hambre no dura”.

Y así continuo avanzando onerosa la quinceañera, calle abajo, en silencio, las estrellas las contemplaba más lejanas que nunca. Quedaba de ella un guiñapo de mujer, vejada, hambrienta, flacuchenta y desgreñada; su belleza interna y externa lucia marchita, de su moribundo pensamiento brotaba gimiente algún pequeño valor personal y de ahí renacía su luz de roció y su salvación, ¡Mi casa! pensó, el hogar que le había permitido vivir en decoro y que ella abandono por ilusiones vagas, inciertas, oscuras, indebidas, frustrantes, nefandos.

Una estúpida experiencia le había marcado para siempre, la huella de vanos recuerdos profundos en la memoria, era como percibir millones de olas turbulentas de un tsunami desgarrar con lo más querido. Pálida, sobrecogida, temerosa de sus ansiedades y fracasos lloraba entera, sentía que se hundía letal en un inicio sin final y en un final sin inicios. ¡Madre Bendita! Susurro endeble, presentía su final…

Se allegó triste al portal de su antiguo hogar manchado con su afrenta, en el dintel de la puerta habían borrado su nombre y el lugar habían parrafeado con dolor, furia y desdén: VEN CUANDO PUEDAS, la menor de opulentas pasiones mancebas se tiño de esperanzas, su corazón sollozo ruidoso, su pequeña alma avergonzada rumio como un becerro herido, abrazo al niño y besando tiernamente su cabecita enrojecida por la fiebre le dijo: ¡hijo mío nos están esperando! y mascullando dejo rodar por sus mejillas gruesas lágrimas de dolor…El bebe no se movía… 

Observó el porche limpio, pulcro, pero inundado de una tristeza muda, vio la silla donde siempre se sentaba a mirar el firmamento, estaba intacta igual como la había dejado a su abandono, empolvada, con telarañas, hierbajos y enredaderas, levanto el rostro y revivió un éxtasis fusionado entre el pasado y el presente, con las mejillas que dibujaban un río de gruesos lagrimones contemplo enfática las estrellas reflejas en su cristal del cielo; el caballero vagabundo en su pasar se alegró de verla, le acaricio con su palpar frío y le canto serenatas de bienvenida. El niño lloro en sus brazos.

Se acercó a la puerta y de súbito una sombra oscura salto ligera a su persona, una silueta de furias se perfilo ligera, era una fiera de ojos inyectados en sangre. Impávida sintió el hocico del animal cerca de su rostro, el aliento caliente, el gruñido de dientes sordos. -Guardián- gimió. ¡Eres tu guardián! El perro la reconoció, le lamió el rostro y Clara con la nostalgia le palpo la cabeza, las orejas, el lomo. Los dos se consolaron con el encuentro de las emociones nuevas, con alegrías de recuerdos en pretérito, de universal felicidad.

La puerta del antiguo hogar de Clara luz se entreabrió sigilosa, dejando escapar en el piso un destello insonoro de luz de amarillo ámbar, detrás de la puerta gris se dejó ver una silueta desgastada por el tiempo y su voz temerosa se expresó débil en el tenso ambiente -¿Quién es?- En la fragilidad de la luz artificial se miraron los ojos sembrando semillas amargas, abrojos, desconcierto, algo dulce y lleno de amor abrió el camino de la esperanza. Largo decurso de siglo imaginario paso como anécdota de cuento conocido, mil fotogramas por segundo corrieron despavoridos en un vídeo de locos y otros locos, copia nueva de verso romancero muy plagiado que ahora emergía cual brillo metálico de flores recién paridas.

La alborada restringió las ansiedades congeladas, el placer del encuentro esperado se esparció disperso, ¡Clara luz! broto débil de la garganta extrañada. La madre incrédula del regreso de la hija prodiga, dejo brotar de las cavidades blondos cristales equipados de lágrimas buenas, dejando escurrir el interminable llanto seco que esponjo la lejanía de su hija amada, la que había parido con dolores, la noche se paralizo de súbito, labios entre abiertos, frases calladas, grandes ganas de abrazar, fluidos de párpado entornados de infinitos ópalos incandescentes.

En la vista de Clara se notaba la desesperación, latía sinceridad y deseos favorables de forjar nueva dinastía, quería sembrar y cosechar perdón, lograr la máxima comprensión, volar al viento como una semilla que retorna a la tierra para dar su fruto y retornar la tolerancia. En Aquel amanecer la vida retorno al hogar de una madre moribunda por el amor que mantenía por su hija, Madre e hija no soportaron más, un abrazo de cuatro seres se fundió al amanecer, uno de ellos era el perdón, el amor.

-Ocho años después Clara Luz se graduaba de Ingeniera en Sistemas, su chico de ocho años era un biscocho agradable, adorable y su madre la abuela más feliz del mundo.

Concejo: NO TOMES CAMINOS QUE NO DESEAN TUS PADRES PARA TI, TOMA EL QUE ELLOS DESEAN PARA TU BIEN…

Las Chicas de Yaguaraparo y de sus adyacencias en la actualidad un 95 % de ellas llegan tener hijos a la edad de los once a quince años. Por razones de seguridad y decencia he decidido cambiar el nombre real de la joven por el de Clara luz.



LA MUERTE DE BABOSO

La muerte de baboso fue algo hostil, un procedimiento policial insólito, una crónica horripilante que jamás será olvidada de los pensamientos de los habitantes de Yaguaraparo.

LA MUERTE DE BABOSO

Baboso era un niño triste, siempre andaba solo como ocultando sus sueños dulcificados, sus ojos eran dos pequeños soles oscuros, dos espejos inquietos donde centelleaban dos lucecitas que saltaban como ascuas en fuego crepitante.

Le nombramos baboso porque siempre emanaban de sus labios entreabiertos, un hilillo constante de saliva legamosa, esto ocurría por una extraña mal deformación desde su nacimiento en sus dientes superiores.

Baboso era solitario pero de su ego siempre surgía la capacidad de sonreír y eso le daba una peculiaridad de inocencia cándida, tierna y angelical, era dócil, apacible y tranquilo como las olas quietísimas del golfo triste, de su piel blanquecina como el ajo porro chino, siempre se desprendía un suave olor a limoncillo de la noche.

En las tardes cuando dictaba clase de pintura infantil en la Gran Casona (Casa de la Cultura de Yaguaraparo) Baboso se acercaba tímido y sus dos ojillos negros como alas de cuervo escudriñaban cada movimiento que mi cuerpo emulaba, sin embargo deducía que aquel niño de mirada se sueños puros y cristalinos como las aguas del Río Claro, me hablaban, me gritaban que querían ser huella, amasijo, masa y parte de aquellos otros niños que pintaban con acuarela los colores del cielo.

Y en esas tardes de fuego sol, inolvidables, de calor, polvo y risas de niños siempre estaba Baboso, su presencia fiel era como el repicar de las campanas domingueras de la Iglesia San Juan de Yaguaraparo.

Quizás con su tímida respuesta deducía inquieto sus ganas de pintar los colores del cielo, el reflejo de sus ilusiones y desvaríos en el espejo de un océano salobre, quería viajar incólume en una pequeña curiara Guarao en los Caños de Punta arena, para luego anclar sereno como las cidras Rojas en el Puerto pesquero de Yaguaraparo.

Un día de esos de sol se apareció de súbito, se acerco paulatino y sus primeras palabras fueron turbulentas como el viento de golfo triste, su delgado cuerpecito se estremecía de emoción, el rostro brillante como luna que alumbra en sus noches viajeras la majestuosidad lozana de la sabana de Venturini.

Con premuras se limpio con el dorso de la pequeña manito las mejillas humedecidas, como queriendo desaparecer aquella pena que surgía insonora de sus labios, Baboso balbuceo entrecortadas palabras con temor y encanto infantil, mientras la otra mano permanecía oculta detrás de sus espaldas, como queriendo ocultar su sorpresa.

-¡Quiero pintar! Dijo feliz como ningún otro niño…

Al decir estas frases entumecidas de ternura y anhelos mil mostró la mano oculta y en ella un pequeño pincel de su propia fabricación, un lápiz demasiado desgastado y una hoja de cuaderno que parecía como si hubiesen tenido cien años de existencia.

Y comenzó Baboso esbozar sus sueños, aprendió la armonía, la analogía y como pintar los colores del cielo, dibujo entumecido de inspiración cada mar por donde viajaron sus manitos curtidas de acuarelas, y voló hasta un arco iris donde robo cada color para luego esparcirlos sobre los pájaros de las tardes, las flores de la plaza Bolívar y Zaragoza, la pasarela o el chinchorro de hierro, el puente del Río Yaguaraparo, humedecido de ideas frescas pinto cada uno de sus compañero de clases a su manera de ver el mundo, con sus risas, juegos, emociones y ternuras primaverales.

Un día se terminaron las tarde de sol y los cantos de las Chiquillas, pitirres y azulejos en la Gran Casona, se culminaron las clases y se cerraron las puertas de una casa antigua de millones de recuerdos, se apagaron las luces del alba entumecida de tantos sueños detallados y con ellos quedo el fantasma de Baboso en las esquinas y en cada horcón desvencijado de la Gran casona.

Nos mudaron a otra Casa de Cultura y con esta aletargada y triste mudanza nos olvidamos de Baboso, desde el 1990 ya no supimos de sus sueños, timidez y manitas diestras pintando las olas, cidras del Golfo triste y los colores del cielo.

Pasaron los años y ello permitió el descenso de los recuerdos, los rostros fueron cambiando como costa golpeada por el mar, las risas se fueron apagando y con ella llegaron las melancolías y las buenas memorias. Sin embargo algunos recuerdos fluyen instantáneamente cuando la conciencia recuerda a una presencia interrumpida de súbito años atrás, el tiempo tácito se encarga de mantener esa vivencia inevitablemente en el cerebro, lo guarda por instantes, por años.

14 años después…

Era de noche, fungía una luz demasiado antigua de la luna y los grillos maximizaban sus chirriantes cantos en la densa semi oscuridad. Había olores distintos, mirto, canelilla, ron, drogas, cerveza y alambiques juntos, olor a sudores entremezclado, olor a borrachos y a viejos impertinentes, a mujeres de la calle, orine de perro y de caballos.

Estaba en el bar el Guasnil, sonaba una entristecida música de baile, había parejas bailando adosadas a la piel musical como zombis, ojos trastocados por varias veladas de locas borracheras, rojos como el infierno. Existían desvaríos y deseos onerosos, pasiones desbordadas, romances de licores, orgias y prevaricaciones descontroladas y malas juntas al mejor postor.

En ese lugar alejado del tiempo recibí la negra noticia. “Que mataron a Baboso” y en ese instante de premuras y vicios brotaron efervescentes los recuerdos como agujas diminutas rasgando el cerebro, cortando en pedazos la sangre, hiriendo el miedo, el horror a lo desconocido.

En ese instante famélico resplandecieron como flama azulada las memorias viejas y recordé aquel niño tímido, el que pinto el cielo con sus manos y esbozo aquellas palabras dulces en aquel día de sol triste, el recuerdo fluyo instantáneo y proyecto el ultimo día que lo vi, mi mente alborotada desarrollo una historia obscura, triste, no vi en ese momento al joven asesinado, si no al niño pintor…

La policía local lo había sacado a empellones del bar el Campito, causas ajenas de motivo, lo estrujaron y lo introdujeron brutalmente entre la patrulla, lo trasladaron al “Cobao” un sitio lejos de la población. Ahí lo golpearon salvajemente, lo vejaron, dicen que lo violaron, que le gritaban pistola en mano corre y sin piedad alguna lo acribillaron a mansalva, después de esta masacre lo condujeron al hospital y lo lanzaron sin vida como a un perro sobre el piso frío…

Cuentan los rumores y el rumrum de la gente que el pequeño Baboso se arrodillaba exigiendo una brizna de clemencia, ¡No me maten por favor! exclamaba con las retinas alborozadas de esperanzas, ¡hagan conmigo lo que quieran, pero no me maten!.

Quería cosechar oportunidades nuevas, se aferraba a la vida y a su aroma de libertad. Entre sus último sollozo, quizás entre su miedo se recordó de nosotros, viajo entre su agonía a la Casa antigua y pinto por última vez con sus manos dolidas y su suplica el perdón para sus asesinos y los colores del cielo. Su sangre se deslizo efervescente por nuestras venas bañando con dulcificado acento, alguna conclusión embargable del alma. En mi interior llore al niño plasmando mi desgracia y dije angustiado: Adiós mi niño lindo, que Dios perdone a tus depredadores y te de la paz del alma…

En el año 2005 hicieron una exhumación del cadáver para localizar pruebas balísticas, a los ejecutores del crimen les dieron sentencia de cárcel... Por primera vez en la historia criminalística de Yaguaraparo se hace justicia…
EL QUE LE VENDIÓ EL ALMA DEL HERMANO AL DIABLO

Barba negra era un hombre tan negro como un carbón de abedul, su corta estatura le hacía semejar a un enano, sus manos pequeñas eran como garfios, endurecidas, callosas, con las uñas sucias y deterioradas. 

Barba Negra siempre portaba un desvencijado sombrero negro, camisa tipo sobretodo de igual color, un insulso, hilachoso y desgastado pantalón de trabajo y unas botas viejas, desgastadas y curtidas por el tiempo.

Era un extraño personaje residente en el Caserío de Mata Chivo, vivía como alma que anda en pena, sus ojillos vidriosos eran inquietos y rojos como una brasa de asado, observaba a la gente con mirada de loco y usual siempre se acercaba repentino a los niños para asustarlos con su hostil presencia y después de su gracia, como poseído, saltaba hacia atrás embistiendo con su actuación un vacío imaginario. Su acto le causaba tanta auto gracia que después de un corto tiempo, embutido en su histrionismo, se reía de súbito a mandíbula batiente, era una carcajada cavernosa, parecida a un crujir de leña verde retorcida por el fuego.

Para las personas que le conocían, era inofensivo, indiferente, tierno y amable como un niño. Los lugareños contaban que el diablo lo había iniciado en su locura con intención de reclamar el convenio, Barba negra era un espíritu doblegado, un ser atormentado que paulatinamente iba perdiendo el derecho a su propia alma, según los comentarios y el correr de boca en boca de sus vecinos.

Los que más le temían en el reducido caserío eran las mujeres, le guardaban celosamente un pánico oscilante, con solo oír el nombre del negro se le irisaban los pelos y se quedaban mudas de asombro al escuchar la historia de aquel hombrecito, era extraña y macabra, decían que su hermano mayor conocido como "El Guareque" inducido por la avaricia al dinero le había vendido el alma de su hermano al diablo.

Y así pasaban los días en el penoso trajinar de Barba Negra, las ropas se le fueron cayendo a pedazos del cuerpo, las botas le duraron hasta que se le desbarataron, se le cayeron paulatinas a pedazos de los pies, se erosionaron de tanto uso y tubo que andar descalzo entre piedras, espinas y arbustos, la dureza de los callos que se le originaron en la palma de los pies, formaron un poderoso escudo de protección que evitaba el piquete de las espinas y los pedruscos del camino, era como una plancha de acero. 

Mucho dispuso de sus días trágicos, sumido en los atropellados pensamientos. En las madrugadas se levantaba macilento, trastocado, ido y con hedores del cuerpo, pues no se bañaba, caminando varias horas en círculos rotos y luego cuando el sol rayaba el alba se sentaba en el porche y bodega de Augusto, allí pasaba las horas hundido en su miserable existencia, en una inercia constante, vagando entre sus sueños oscuros, habitante de noches inciertas y así sumergido entre su esencia de ego paupérrima, contemplaba exorcizado las estrellas diurna inexistentes y oía el trinar de pájaros desnudos que le sonaban perolas de alguna manifestación difusa. 

Por el camino carretero esta la casa del difunto Augusto donde se la pasaba Barba Negra

El desvarío interno lo aguijoneaban como demonios que sujetaban sus cuatro tiempos, lo amarraban a un delirio firme y constante, era una fuerza satánica que hundía sin piedad sus garras incinerables en su cabeza, atormentando a cada segundo su pensar borroso, convertido en una pesadilla desaforada.

De noche surgía desde su rancho innumerables quejidos que el viento deshacía entre la débil espesura campestre, gritos extraños, voces milenarias, incesantes, palabra de oquedad tétrica, susurro incompleto, chasquido de vasija cuando es arrojada contra el piso, sonido de canto indefinible e incongruente, sonoridad de batir de alas gigantes, Llantos y pasiones salvajes indescriptibles.

Los pobladores del caserío de la Horquetica, no se atrevían aventurarse en los dominios del negociado, contaban que la persona que se acercaba al extraño lugar no retornaría, sería llevado al más allá por el demonio, el amo y guardián de barba negra.

Cierta noche dos viajeros que venían desde los Marines para Yaguaraparo, llegando a la Horqueta de Mata Chivo se le hizo tarde y con el rápido vaivén de las horas se los engulló la noche.

Caminando en la oscuridad nocturna vieron cruzar antes sus ojos aquella pequeña sombra, era como el viento y sus oquedades frías, estaba allí y no estaba en ningún lugar, se constituía en una penumbra helada o candente, negra o brillante, compacta o pútrida, una visión que entumecía los huesos y los recuerdos más profundos.

La Casa de Barba Negra, ubicada exactamente donde se localiza el árbol alto en el fondo del paisaje

Los viajeros, un hombre y su pequeña hermana apuraron el paso con temores varios, ella gemía y se acurrucaba entre sus brazos, el dispuesto a todo proseguía el camino sin distar palabras, oscuros sus ojos y brillantes como bronce pulimentado, listo para contrarrestar el acoso y al acecho como cascabel acorralada, en sus manos apretaba con furias tensas el machete y lo blandía con amenaza.

Al proseguir el camino la pequeña sombra o barba negra quedo atrás, mientras ellos caminaban se escucharon gritos férricos, lamentos enloquecidos como faja de manada de perros rabioso fusionados, después de cierto instante, solamente se escuchó el proferir de Barba negra llamar a su amo repetidas veces, una y otra vez como un canto pérfido, extraviado como un eco maldito entre el follaje de las montañas silenciosas.

Un día se dejaron de escuchar los sucesos inusuales de Barba negra, las noches frías tejían un silencio misterioso, sumido en la más tétrica soledad de aquel rancho desvencijado. Barba Negra dejo de disparar a locas su griterío diario, se extinguió desde aquella madrugada silenciosa la intranquilidad demoníaca, los gritos de terror, las pasiones desbocadas, los lamentos en cadena y sus gritos llamando al Sr. De las tinieblas.

En varias semanas que pasaron tristes lo extrañaron en el caserío, la gente estaba acostumbrada a sus peculiaridades y locuras y se preguntan con inconsolables interrogantes: ¿Dónde está el Loco de Barba Negra? 

Pasaron los meses y un grupo apiñado de vecinos curiosos se aventuraron hasta el rancho para investigar su paradero, jamás localizaron el pequeño cuerpo de Barba Negra. No dejaron de surgir comentarios que el diablo se lo había llevado, cobrando con esta desaparición el convenio efectuado con el hermano mayor de Barba Negra. Si alguna vez llegas a viajar por Yaguaraparo no se te ocurra aventurarte en las noches de lunas llenas u oscuras en el Caserío de Mata Chivo, te puede aparecer Barba Negra y entonces sí que la pasaras de susto.

A la parte derecha, bajando una ladera, esta la casa de Barba negra, hoy residencia de sus familiares

domingo, 30 de noviembre de 2014



GENTE DE YAGUARAPARO

"RADIO VERGA E BURRO".
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


Hace muchos años, el querido y popular Milloco en su lozana juventud, decidió realizar un curso de electrónica por correspondencia.

El cupo para hacer el curso lo localizó en los cuentos de Kalimán, siempre venían de sopetón publicitario o de promoción, en igual no faltaban en los distintos suplementos que pululaban en el pueblo, historietas litografiadas tales como: Tarzán, Turok, El llanero Solitario, TawaTawa, El Valiente, Juan sin Miedo, Tamakun, Superman, Los Super Héroes, Santo el Enmascarado de Plata, El Cuervo Azul, El Pato McDonald y de tantos otros que eran frecuentados por la mayoría de la población a falta de Televisión o computadoras.

Recibiendo el tutorial de enseñanza a distancia, el joven inteligente aprendió con premuras aquel curso que le adiestraría como Radio Técnico. Al paso de los días y en soledad fue aprendiendo lo que era un tubo de rayos catódicos, la ley de ohm y de cada componente que podía hacer funcionar a una frecuencia de emisión electrónica.

Y sin ton ni son, Milloco se desencantó por la radiofonía y la radiofrecuencia, el espectro lo poseyó y construyó una radio, era inevitable para concretar sus sueños, con el objetivo de emitir su voz más allá de las fronteras del pueblo.

El día que terminó su creación radioeléctrica, emocionado recogió su perolero y con el corotero metido entre un saco se fue camino del río, emboscado y entre las sombras de la tarde se ahuecó entre el denso follaje del sotobosque, guareciéndose bajo las ramas de un hermoso Bambú que crecía a las orillas del remanso del Río Yaguaraparo.

Colocó una antena improvisada en lo alto de una vara de bambú, después acomodó y organizó la radio frecuencia. Carcomido por la curiosidad y la grandeza, manipuló cada bobina como lo había aprendido del curso. Cuando todo estaba listo, encendió el equipo y tomando el micrófono comenzó a trasmitir lo que le venía quemando en su pensamiento, cantó el himno nacional, saludó a sus amigos, echo broma a granel, sin embargo, algo nunca funcionaría con aquella emisora naciente que se oía en todos los radios del pueblo. En el colectivo pueblerino había euforia, sorpresa, inquietud y admiración, pero todo se volvió un aguafiestas, hilaridad e indignación cuando Milloco dijo el nombre de la emisora doméstica. ¡Radio verga e burro! la vergataria de Yaguaraparo.

Aquello conmocionó la sociedad del pueblo, pues la palabra compuesta vergatario era una obscenidad, en igual la palabra verga tomada del coloquio pueblerino, significa pene.

LA GN y la Jefatura Civil hicieron una búsqueda intensiva, hasta que lograron en el ocaso de aquel día localizar al Locutor de la emisora Radio verga e burro, la vergataria de Yaguaraparo.

Milloco estuvo detenido varios días y aquel percance quedó para la historia del pueblo.






G
LA GRAN OPORTUNIDAD


Juan José Beltrán salió ese día viernes muy temprano a laboral,el trayecto hasta la empresa lo realizó caminando, casi un kilómetro y medio de distancia, ese día había amanecido solamente con 50 BF en el bolsillo dispuesto para el desayuno, un desayuno que le ayudaría a soportar toda una jornada de arduo trabajo y hasta que al final del día viernes,  pudiera cobrar la semana de labores.

Caminando y sudando copiosamente vio en el piso un billete de 10 y otro de 15 BF. Entre regañadientes maldijo su mala racha y mascullo airado. ¡Ni siquiera son dos de cien Bolívares! ¡Qué mala suerte de pulgas tengo! mirando los dos billetes como gallina que mira sal, mal humorado continuó rumbo al trabajo.

Antes de laborar entraba a la cafetería, allí se podía resolver con un 3en1 y una arepa rellena con lo que quisiera, la arepa costaba 50 y el tres en uno 20, pero solo portaba ese día en el bolsillo 50 para la arepa. Algo inesperado le cambiaría la rutina de las semanas, no esperaba que ese día casualmente la arepa rellena aumentaría en 65 BF. 

Juan José por más que regateó con el servicio para que le dejaran la arepa rellena por 50 BF, irremediable recibió un NO rotundo tras otro no, eran órdenes de la administración y ellos no podían hacer absolutamente nada por solventarse el problema de rebaja. Por momentos sintió ganas de destruir el local y caerle a palos a todos los del servicio. En ese instante de ira se le encendió el bombillo y  recordó de los 15 BF que había visto abandonados en la calle.

Salió a empellones de la pequeña cafetería y corrió como demonio que lleva el diablo intentando llegar lo más pronto al sitio del codiciado tesoro. Cuando estuvo en el lugar exacto del condenado hallazgo solo encontró hojas y papeles y por más que hurgó, registró y buscó no pudo hallar los dos billete abandonados. 

Regresó a su trabajo con una cara de amargado y sin poder evitar su desgracia.  Entristecido pasó todo el día trabajando y con el estómago pegado del espinazo.  Después que cobró su sueldo semanal se fue directo a casa con un hambre que torturaba con matarlo. Cuantas veces mientras laboraba se lamentó de haber despreciado aquellos dos insignificante billetes de 5 y 10 BF, fue el peor dia de su vida laborable, el sol lo acribillo, fue un día de ayuno, una hambre tortuosa que las tripas amenazaban con devorarlo desde adentro hacia afuera. 

LAS OPORTUNIDADES AUNQUE SEAN INSIGNIFICANTES PUEDEN VALER MUCHO, NUNCA DEBEN DE ABANDONARSE U OLVIDAR, QUIZÁS CUANDO QUERAMOS RESCATARLAS PUEDE OCURRIR COMO A JUAN JOSE, SERÁ DEMASIADO TARDE. 




martes, 25 de noviembre de 2014

LA PANTALETA ROJA
Snezhana Royce, su pantaleta roja y sus 20 años de sabrosa hermosura
Hace años atrás tuve la oportunidad de conocer a una chiquilla, era hermosa, tierna, sus rasgos eran muy finos, su forma de ser era agradable y educada, parecía haber surgido de un rango intelectual muy elevado o perteneciente a la sangre azul.

Siempre recuerdo, en aquellos tiempos remotos le temíamos a las chicas que eran frágiles y lindas, nuestro temor nacía arraigado por su excelente belleza, pensábamos por esta causa egocéntrica, que podíamos ser rechazados como perros callejeros. 

Esta inquietud nos producía cosquillas en la memoria y nos auto marginada inevitable, nos imaginábamos que nos rechazarían al instante, nos sentíamos como plagas cerca de la miel y el mata mosca.

El día que decidí acercarme a su agradable persona, era una tarde de esas que deslumbran por su bulliciosa muchedumbre, la calle estaba inundada de peatones exhaustos, todos en sola mezcla alborotada, entre ellos las damas muy monas que dejaban detrás de sus pasos, distintos aromas de perfumes que envenenaban el ambiente con su mezcolanza.

Sin embargo, al verla precipitadamente perdí la noción del tiempo y mi timidez me encegueció a mansalva, nunca me di cuenta el tiempo preciso que transcurrió en ese instante de embeleso y de lo que acontecía a mi alrededor, de súbito todo se volvió oscuro y en cámara lenta, solamente contemplaba frente a mis ojos, un punto nebuloso que se fugaba sin final de mi memoria perturbada.

Al contemplar sus piernas de ébano blanco, agradables a la vista y exquisitas a la retina encandilada, mi imaginación voló a mil por segundo y como cualquier chico de esa edad, imaginé ver entre su faldilla ajustada un pubis frondoso, cuyo bollo sustancioso y delicado estaba bien resguardado bajo aquel pedacito de tela caliente, de a cuartilla, casi a punto de reventar, eso me ponía la piel de gallina y el corazón me golpeaba con banderolazos volcánicos.

Algo me dijo internamente ¡corre! sin embargo, mis piernas temblorosas no respondieron al grito de terror que blandía mi corazón, ablandado como fréjol en olla de presión y con los latidos carcomidos insidiosamente por ondas desenfrenadas, cuales parecían desparramar turbulenta una catarata en chorros arremolinados. Aquel fragor incendiado, parecía que me iba a reventar la arteria coronaria en millones de partículas enloquecidas.
 
¡Diablos! murmure casi en un sollozo asfixiante y enmudecido por aquella efigie, efectué dos traspiés casi arrastrando los zapatos y sin darme cuenta tropecé con un maldito hoyo que estaba justo en el centro de la acera, un medidor de agua que carecía de la bendita tapa protectora.

No pude hacer absolutamente ningún tipo de cabriola para salvarme de la tragedia y mi pie se fue derechito al hoyo, dando el gran trastazo y poniendo la torta, inducida por mi desagradable timidez juvenil.

El porrazo fue horrible, fui a parar al quinto infierno y rodé por los mil diablos hasta chocar debajo de sus adorables piernas contemplando todo lo que existía debajo de la falda de corta. 

¡Por bandón! ¡Qué vista! Tenía una "pantaleta" roja, un gigantesco bollo tierno y esponjado y un letrero encerrado en un corazón bordado que decía: "cómeme".

EL TRAVESTÍ Y CEFERINO CIENFUEGOS


Cierta noche oscura y sin luna, Ceferino Cienfuegos, hombre mujeriego, aventurero y parrandero, se allegó desbordado de placeres mundanales a un Bar tipo Discoteca, localizado en el Centro de Caracas, en la Capital de Venezuela. 

Cuando tenía tres horas en aquel ambiente de vicios y tertulias, ya estaba bajo algunos tragos y el cuerpo le urgía alguna chica para compañía. 

Estaba distraído escuchando la música ambiental, cuando observó hechizado como entraban tres hermosas damas, se sintió un caballero conquistador y pensó ir al baño con la intención de conquistar a la más bonita, una rubia de ojos verdes, con sendas tetas, tremendo caderón y unos glúteos de película, estaba bien trajeada y de paso con una mini falda que le dejaba entrever hasta la raíz de su almohadilla. 

Ofuscado por los efectos del licor, su sangre envenenada por los placeres de aquella bebida de fuego que le indujo cierta valentía, se decidió arrimarse a la candela y antes de la medianoche ya tenía a aquella dama haciéndole compañía en su mesa. Entre cigarrillos, chascarrillos, sorbos entrecruzados de bebidas y besos sin discreción, la cuestión paso al baile y del baile a un taxi y de un taxi a un hotel de poca monta. 

Cuando llegaron a la puerta de la habitación aquello era incontrolable, la pasión los envolvía entre un torbellino de locura incendiada y los “jamones” de lenguas anudada se escuchaban como casquillos en la distancia, las "agarraderas" de tetas y de nalgas eran una contante, pero tocar el bollo tierno y esponjado de la moza, nada, era el plato para la entrega total, así lo entendió Ceferino, estaba mañosa y le daba de manos cada vez que intentaba tocar su suave almohadilla, cuya estaba guardada bajo un blúmer de seda gruesa y delicada. El bollo tierno y abultado aquel que recordaba con ansias violentas, un recuerdo profundo que lo había hipnotizado en la Discoteca, recordaba en vivido esplendor a la hermosa mujer cuando entrecruzaba coqueta sus lindas piernas y le enseñaba el codiciado montículo de venus forrado con aquella tela de seda.

Cuando por fin se arremolinaron como salvajes en la cama, ella se postro en cuatro y le dijo que se lo enterrara con fuerzas por su ano que estaba por estallar de ganas, se le afloraba como una flor de azalea y que se hinchaba deseando que la atravesara. Para que no le tocara la araña, le dijo que tenía la menstruación, sin embargo, eso no le mermaba los deseos que la hacían vibrar hasta la médula con intensidad inesperada. 

¡Hazme tuya varón! Eres mi caballero, entiérrame tu espada que me rompa toda, me traspase la garganta y me salga por la boca. 
Le grito entusiasmada con las venas vuelto un bojote de sangre envenenada. 
¡Apaga la luz que me derrites! ¡Cógeme por favor! me tienes excitada al máximo ¡Te deseo dentro de mí! después te haré una buena mamada que te subirá al cielo.

Y terminando aquella charla frenética para entrar al acto coital, Le susurro suave y melosa la bella dama: 
Me encantan las penumbras para hacer el amor contigo. ¡Apaga la luz amorcito corazón! 

y así lo hizo el incauto, sintiendo por sus mejillas acaloradas, descorrerse alborozado un río de lunares de sangre alborotada. Cuando se montó para cabalgar en aquella yegua desbocada, enloquecido de deseos que lo torturaban, cegaban, trastocaban la lucidez emocional y le hacían volar sin tener alas, sin pensarlo dos veces, apresurado le apretó el bollo que tanto anhelaba coger entre sus manos e ingrata fue su sorpresa al escuchar dos grititos simultáneos, el de ella al ser descubierta y el de el mismo al descubrir el macabro hallazgo, al tocar algo duro que se estiraba, peludo y con dos bolas que colgaban. 

¡El c… de tu m... eres un sucio maricón! 
Vociferó enardecido y enfurecido encendió la luz, desesperado contempló absorto una visión perturbadora y desagradable, cuya le desposó de su borrachera y encanto que le hechizaba y pensando a cien por minutos en su hombría rota, se imagino en segundos el chalequeo que sería fruto por parte de sus amistades más queridas y conquistas féminas. Lo tomo por el cuello mientras el suplicada y pedía perdón por la escena tornada, Ceferino endemoniado lo estrujo lo más que pudo y empujándole violentamente contra la pared, le gritó desaforadamente. 

¿Por qué no me dijiste nada? 
¿Por qué no me aclaraste que eras un travestí? 
¡Perdóname! 
Gritaba el homosexual, mientras Ceferino airado en todo su haber y sintiendo la pérdida de su dignidad varonil lo zarandeaba, le zurró tres derechazos tipo Roky Balboa que lo mandaron a la porra, cayendo patas arriba sobre la cama y luego fue a parar al suelo rodando como una zorra acosada, luego le propinó una zurda arremolinada tipo Muhamab Ali en un ojo que casi lo mata, este golpe lo envío al final de la habitación, llevándose con gran estrépito lo que por el medio encontraba y finalmente una fulminante patada voladora a manera de las golpeadas de El rey Pele, cuya lo mandó a correr desnudo hacia las afueras del hotel, como alma que lleva el diablo. 

Ceferino se fue del Barrio Petare de la ciudad de Caracas, durante años nadie lo ha vuelto a ver. Al Travesti siempre se le veía en las esquinas oscuras de las barriadas de Caracas, buscando a quien devorar. Hace años murió de Sida, sin embargo, nadie lo lloro o lo recuerda, pero al Gran Ceferino si, la gente en una oscura interrogante se preguntan si Ceferino despareció del mapa a causa de su vergüenza o quizás había fallecido a causa del mismo mal infecto contagioso, contaminado por el travestí. A Ceferino muchos todavía lo esperan para chalequearlo, pero se morirán con las ganas. 

Aun a pesar de los años pasados, en el barrio recuerda bien a un hombre que creía en el honor y la caballerosidad, un varón de respeto y mujeriego que no se sabe hasta la actualidad donde está sumergido. 

Si lo ves me lo saludas, se llama Ceferino y vivía en Petare.

LA VELOCIDAD DE UNA FLECHA ES TAN MORTAL COMO UNA BALA

La velocidad de una flecha depende del arco, del material que está elaborado, si el estado físico del material es tenso, con una dureza elástica fuerte, las flechas al salir disparadas pueden ir como un saeta violenta muy ligera, incluso puede rasgar el aire, romperlo en partículas a su paso y dejar esquirlas del viento roto disgregado en todas direcciones. Una flecha con una punta con un buen acabado final de afilado y amolado, marchando a una velocidad de 250 Km/h podrá atravesar inevitablemente lo que consiga a su paso, bacterias, insectos, pequeñas cortezas de polvo y hasta a la misma luz podrá darle un corte limpio y perfecto. 

Si el hilo de despedida del disparo esta hecho de un material blando, lógicamente ira más despacio y hasta un insecto podrá rebotar y sobrevivir a su embestida desfavorable, el alcance puede ser quebrado y su blanco inútil, una tragedia insultante para el interprete o arquero. . 

Sin embargo, un disparo certero, planificado y con pericia, tendrá que tener otro motivo diseñado a partir del material de la cuerda, su poder de tracción, calentamiento, estiramiento y de la energía inducida para catapultar con gran precisión el disparo soñado o anhelado. 

Entre estos parámetros coexisten: la postura del arquero, la mirada donde pongo el ojo pongo la flecha, las fuerza muscular tiene que ser muy activa, la posición de los dedos y de las manos debe ser muy municiona y tenaz, sin temblores, la posición de la cabeza debe ser eximida, el cerebro debe convertirse en un botón accionado para todo el cuerpo, los nervios deben de ser de acero puro, la altura del arco debe ser primordial y meticulosa, la nobleza de su estado físico, la robustez de su construcción y la fortaleza para soportar la jalada de la cuerda para la catapulta. 

Algunos Arcos suelen ser nobles y tienden a arraigar energía al doblarse un poco para afincarse con la cuerda de disparo, esto hace un engatillamiento honorable, arco y flecha se fusionan como esposo y esposa y con gran poder aceleran un proceso contundente y victorioso al disparar, el blanco será justificado y exacto, no habrá falla alguna y este anudamiento será recompensado con un éxito máximo y apreciable. 

Si el arquero es del genero de los domésticos podrá disparar una flecha entorno a los 150 km/h, si es regular o máster podrá catapultar a los 230 - 280 km/h y si es un profesional más de 280 km/h. Una persona que logre impulsar los 350 km/h seria bestial, y por último, inducir una flecha a la velocidad de Smith & Wesson Modelo 500, cuya dispara una bala de 26 gramos a 549 m/s o 1976 km/h, seria heroico, creo que ningún hombre lo lograría en el planeta, es imposible. 

Una flecha disparada a la velocidad de Smith & Wesson Modelo 500 traspasaría a un cuerpo humano y si es justo en el corazón lo haría limpiamente, el receptor no sabrá ni cuando la puntiaguda rama mortal le atravesaría, no rasgaría su carne ni un apéndice y al salir solo le dará un suave coletazo con su pluma timonera, incluso el deslizar entre la carne y tendones el recibiente sentirá un pequeño golpe sin rebotes o vibraciones y le produciría un infarto letal instantáneo, cerraría sus ojos y caería de bruces en manera violenta, morderá el polvo en segundos y quedará yacente para no levantarse de nuevo. 

En los juegos olímpicos pasados la mayor velocidad alcanzada por una flecha fue de 240 km/h.
CUANDO EL MUNDO SE VENGA ABAJO VIVIREMOS EN UNA MATA DE MANGO


Cuando el mundo se venga abajo, me treparé a una mata de mango con mi amada y viviré con ella en sus frondosas ramas. Mientras contamos las estrellas durante las noches de luna, charlaremos solamente sobre los dos, dejaremos atrás los malos tiempos y nos olvidaremos de los inútiles y amargos.

Cada día haremos nuestro pequeño refugio en el árbol de mango, comeremos de sus frutos y para calmar la sed beberemos de las lágrimas del cielo, cuando no se precipite alguna lluvia pasajera,  tomaremos del agua de roció que se asientan en  sus hojas y así podremos mitigar nuestra sedentes. De tarde en tarde haremos de las sombra de sus hojas nuestras delicia diaria, así evitaremos que el sol nos queme con su calor intenso y abrasivo.

Cuando se acabe la cosecha de mango nos alimentaremos de sus hojas, cuyas serán una ensalada deliciosa a nuestro paladar. En la rama más alta haremos nuestro nido y nuestra casa, en ese espacio discreto y solitario viviremos una y mil noches de amor y ternura infinita, no tendremos temor que persona alguna intente hacernos daños, ella y yo, yo y ella nada más solitarios en un mundo de paz y silencio, sin tener que oír lamentos sangrientos, guerras aterradoras, noticias crueles, envidias, mal de amores, violencias domésticas, violaciones, corrupciones, huelgas, lamentos de carcelarios y más que todo, el llanto de niños desamparados y golpeados; seremos ella, yo, la mata de mango y los pájaros.

 Sé que vendrán algún día los pájaros de algún lugar desconocido y harán sus nidos en nuestro árbol de mango, disfrutaremos de sus trinos y nos alimentaremos de algunos de sus huevos. Cuando tengan polluelos podremos disfrutar de un asado de palomino o de azulejo con salsa de mango dulce.  Al paso del tiempo, Intentaremos que nuestra pequeña ecología se mantenga en un equilibrio constante, cuyo mantenga nuestro amor en manera permanente.


Cuando se venga la mata de mango al precipicio, nos vendremos nosotros también abajo y la esperanza del amor en la tierra se perderá para siempre…
UNA BALA ALOJADA EN MI CABEZA

”La velocidad del sonido es de de 343 m/s en el aire a 20º, por eso la mayoría de las pistolas son “Subsónicas, como la Smith & Wesson Modelo 500, la pistola más poderosa fabricada, dispara una bala de 26 gramos a 549 m/s o 1976 km/h”

Aquí donde ustedes me ven, enterrado en una pena que no se me lava ni con el amor, estoy agonizando, es como enervar un réquiem por mi solitario mundo y echar pompas de jabón a mi secreto, ya puesto con tapa y sus crucifijos, flores y velas encendidas, en un ataúd que huele a cera derretida, a parafina y a mi muerte premeditada.

Mi única razón de vida es una mujer, es como una bala la Smith & Wesson Modelo 500, la pistola más poderosa fabricada, cuya dispara una bala de 26 gramos a 549 m/s o 1976 km/h. ¿Qué razones tendría para tenerla incrustada en mi cabeza? pues muchas, y no es para cantar una serenata a la luz de la luna llena o ponerme a silbar como loco a la orilla del mar, mi única compañera me está matando, me está arrimando a la candela y quemando entre un infierno en llamas, sofocante, delirante, agónico y para que ustedes se cercioren, es una bala alojada en mi cabeza, su velocidad a 1976 kilómetros por segundo impactó seco en mi cráneo, lo volvió trizas, se estrelló contra el parental izquierdo y rebotó en el derecho y haciendo una semi curva se estacionó violenta en el centro de la masa gris, cuando esto sucedió todo se volvió oscuro, no era necesario pensar, ese no era el caso, el caso era sentir el peso del cobre candente entre los sesos, su balance, su desprendimiento, el rasgar con tracción la masa ósea y romper sus neuronas que se asfixiaron probando el sabor de aquel metal al rojo vivo, el cual hizo un ruido seco al anclarse entre la humedad de mi cerebro, igual como cuando hunden un hierro candente en agua fría.

No estaba en el Vietnam cuando ella apretó el gatillo con saña, ni siquiera pestañeo o me dio tiempo para preguntarle su actuación, solo vi su hermoso rostro hundirse placentero en mi último pensamiento, antes que se estrellara aquel plomo cobrizo en la piel y huesos de mi cabeza, sin embargo, recuerdo nítido sus ojos, eran marrones como la de una pantera en celo, brillaron como el destello de súbito de su Smith & Wesson Modelo 500, la pistola más poderosa fabricada, su iris se empequeñeció como el obturador de una videocámara y luego sus labios se abrieron, yo no pensaba que iba a tener aquella convicción tan acelerada en mi corazón cuando los vi, su rojeó me envolvió por instantes entre una pasión enloquecida.

Viví siempre pensando en que morirá de otra manera, amarrado a las viejas circunstancias de la tristeza y en caminos carreteros desandando panoramas desconocidos, soñaba con el amor, pero el amor no caminaba a mi lado y mi sombra siempre iba detrás de mí, aunque el sol estuviera a mi espalda, era difícil entender que me había convertido en mi propio tirano, en el caudillo de mi desolación y de mi desandar en la locura.

Pero no me arrepiento de haberme convertido en mi propio dictador, no era para menos, los amores que tocaron a mi puerta se habían marchado de mi soledad y en lugar de ella me habían dejado el silencio, no quiero pensar en ese pretérito absurdo en este momento, pero la bala que se aloja en mi cerebro pesa y me duele en todo el cuerpo…

Pero saben una cosa amigos y amigas mías, siempre soñé morir de esa manera, a manos de la mujer que siempre soñaba con amarla con dilección extrema, no importando el que dirán o quizás desandar entre los más bajos fondos del mundo para hallarla, y la encontré entre el olor a pólvora aromada con su perfume de gala, porque su pistola es su corazón hirviendo y la bala de 26 gramos que disparó una velocidad de 549 m/s o 1976 km/h y quedo alojada en mi cerebro, es EL AMOR, su amor, nuestro amor. 

Estoy muerto de alegría, de tantas cosas que hacen de mi existencia una urna milagrosa de vida, donde caben todas las cosas hermosas que pueden darse una sola vez en la existencia y esa dama tan hermosa y noble lo es… ¿Qué más puedo escribir? su bala está en mi cabeza y ya es imposible de sobrevivir a su poderoso impacto, estoy agonizando, muerto de amor por ella…
LA GUITARRA DE ANTONIO
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

     La guitarra de Antonio era un instrumento de viejos recuerdos, un baúl de emociones o quizás un álbum de fotografías únicas e inolvidables.

     La guitarra del Maestro Antonio Caraballo era el instrumento más famoso en el pueblo de Yaguaraparo, su textura, pintura, desconches, desgaste y hasta la mínima cuerda eran reconocidas por el colectivo.

    Aquella guitarra famosa en sus tiempos fue un instrumento que cantaba al lado de su maestro, eran como uña y carne, amantes de la noche que se colaban bajo el suave manto de la luz de la luna para llevarle serenatas a las señoritas más bonitas del pueblo. La guitarra tuvo la fortuna de conocer cada amante de su maestro, de saborear las pasiones más intensas, las tertulias más exquisitas y los romances más profundos de Antonio, el cual cargaba bajo brazos a su guitarra cantarina para donde se trasladaba, eran inseparables, se habían fusionado con el tiempo.

     Sin embargo, Antonio después de una conquista o de las tremendas peas que agarraba, abandonaba a su guitarra en cualquier lugar. Para su bien el colectivo la localizaba en las puertas de las casas, en los bares, cantinas, baños públicos, a orillas de ríos y hasta en las calzadas.

     No era de extrañar que la guitarra siempre volvía a casa a pesar de no tener pies con que andar, era un instrumento que respetaban, querían y amaban, su dueño era muy popular y apreciado por sus cualidades, caballerosidad, forma de ser y controlar con su guitarra y su voz las parrandas mas inolvidables del pueblo.

    Después que obtuvo la conquista de la hermosa Eloisa con quien contrajo nupcias, perdió a su otra amada, a la guitarra, cuya terminó en el contenedor de basura hecha añicos por su última conquista.... 
Razón tenía Eloísa de celar a tan aguerrida contendora, el instrumento de cuerda.
LOS ENTIERROS MALDITOS

Después del fallecimiento de varios de los Ruices Oduardo en Yaguaraparo y la marcha de sus descendientes de vueltas a España, surgieron otros colonos atraídos por la fertilidad de las tierras, surgiendo apellidos como: Gómez, Venturini, Borgo, los Felce y los Ravelo.

Surgieron en la faceta del ambiente pueblerino, “señores” de la época, compradores y fundadores de grades extensiones de terrenos, cuyos al enriquecerse emigraban a otros lugares para disfrutar de sus fortunas.

Como no existían bancos financieros en aquella época, cuantiosas fortunas en oro (morocotas), plata y otras de cobre, eran depositadas en baúles de madera de cedro, cazuelas o “tinajones” de arcilla cocida. Estas riquezas eran guardadas celosamente por sus propietarios, cuyos a veces la enterraban en un sitio determinado y marcado “por si las mosca” se extraviaba en la oscuridad de la tierra.

Al fallecer el dueño del tesoro o de súbito por accidente, enfermedad, asesinado o por otra incidencia, el tesoro oculto se perdía, quedando al transcurso a expensa de quien lo encontrara primero.

A partir de los años 1950 los entierros en la población de Yaguaraparo, comenzaron a ser descubiertos en sus adyacencias, convirtiéndose esta manifestación en una tradición popular, codiciada y terrorífica.

Para poder tener posesión de un entierro había que ser designado por el espíritu del difunto que en otrora fue dueño de la fortuna enterrada. Comentaban que el muerto desandaba en pena y para tener descanso eterno, tenía que entregarle su tesoro a un elegido, porque el entierro pasaba a ser maldito si era guardado en las entrañas del suelo.

El difunto se le aparecía en sueños y visiones al elegido, explicándole con detalles donde estaba el entierro y le anexaba a sus apariciones constantes, ciertas instrucciones, con la finalidad que su alma descansara en paz. El elegido quedaba en el deber de efectuarle 30 misas después de haber sacado la pequeña fortuna. Otra razón para realizar las misas era de acuerdo a la riqueza en general del entierro.

Si el elegido no cumplía con el convenio, misteriosamente perdía fácil el dinero y quedaba en la ruina, algunas veces moría en forma misteriosa y en accidentes dantescos y siniestros sus amados más cercanos.

Este acontecimiento asombroso y totalmente real pasó a ser una tradición en el quehacer cultural del pueblo y se extendió la fama del hecho folclórico en toda la región. Esta manifestación del tesoro, cual había que sacarlo a media noche, fue dividido en dos maneras: el entierro maligno y el entierro benigno.

El primero consistía en que tenían que ir dos o tres a sacar el entierro, convidados por el elegido y donde el muerto imponía las reglas:
“Vayan dos y venga uno”
Ó “vayan tres y vengan dos”
El segundo entierro o el benigno se constituía generalmente en las 30 o más misas.

(Esto es un relato basado en la vida real)
EL ENTIERRO MALDITO
Terror a media noche

Eran las tres de la tarde.
Manuel Sucre lucía su traje dominguero, calzaba alpargatas suela de cuero y tapaba su brillante calvicie con un sombrero “pelo de guama”. Después de terciarse entre pecho y espalda las finas correas del mapire, se ajusta bien el cinturón para luego con parsimonia introducir en el mapire, un “cuartillo de ron el Paují” conocido popularmente como el pajarito.

Manuel Sucre sale del bahareque destartalado por los años, al sentir la fresca brisa en su curtida piel de campesino, por un momento siente diminutas agujas de luz que irrumpen la claridad de sus pupilas y casi cegado por el fulgor de la tarde, parpadea violentamente para despejar de las retina la intensa claridad del sol.

Se acomoda el mapire en la espalda, terciando la correílla sobre el hombro, sin dejar de tocar repetidamente el envoltorio en el interior del bolso de tejidos de palmas. Era el “Cuartillo de Ron” que había preparado con ácido muriático y mientras palpaba aquella muerte anunciada, hacía memorias explorando su reciente quimera y su ambigua ambición lo trastocaba, esto le recordaba las palabras que el espíritu del difunto le había expresado bien claro, “vallan dos y venga uno” con este pensamiento macabro, macilento aligeró el paso.

Al adentrarse en una de las calles encintadas con arbustos y hierbas del viejo caserío, allí lo vio, jugueteando con el polvo de la acera, era inocente aquel muchacho de anguloso rostro y espaldas anchas, el hijo de su compadre, al que había destinado como ofrenda de sacrificio al espíritu del entierro. Se acercó paulatino a Melecio, sus ojos brillaron con incandescencias malignas.

- ¡Melecio! ¿En qué estas pensando?
- ¡Don Manuel! lo estaba esperando, aquí está lo que me mandó a comprar.
-¡Ha! El litro de Ron, dámelo para echarme un traguito.

El muchacho de gruesas y callosas manos, extendió la botella, esta al coincidir con la luz solar fulguró como fuego en la sabana. Don Manuel Sucre se empinó la botella hasta la mitad, ni siquiera parpadeó, los ojos porcinos se entrecerraron más para mirar con recelo a Melecio, un salvo conducto a su desgastada pobreza.

-¡Oye! Muchacho, estás preparado, te pagaré bien tu trabajo. ¿Ya sabes? ¡Es una cosa de misterios! De esas que dan miedo ¡Pero bueno! Yo soy un hombre de bríos y no le temo ni al propio mandinga.

-Eso lo sé Sr. Yo lo ayudaré en su faena, si usted me paga bien ¡ya sabe! Necesito esa plata para poder comprar la hacienda a Doña Lucrecia, ella se va ¡sabe! Y si yo no lo hago, otro lo hará por mí.

-No te preocupes, solo te pido que no le digas esto a nadie, necesito que me des tu palabra de hombre, nuestra labor es un secreto.

-Usted sabe Sr. que yo soy hombre de palabra y honor, cuente conmigo para sacar su tesoro, ese que usted había heredado de su tatarabuelo Eutanacio Sucre. Quien usted dice que fue familia del General Antonio José de Sucre.

-Bueno hijo, toma estos cinco reales y un chelín para que te compres algo de licor, te espero a las 11 de la noche en la vuelta del ahorcado, más arriba, en Cerro Blanco, ahí mismito esta lo que desenterraremos de las entrañas de la tierra y mañana serás dueño de esa hacienda en que tanto sueñas y podrás casarte con la picara de Rosenda.

-¡Sr.!
-No digas nada, yo soy hombre de cuentos y caminos, he recorrido mucho mundo. ¡Bueno ya sabe que hacer!
-Si Don Manuel.

Don Manuel se aleja entre las calles, donde transitaban cochinos, perros, burros y gallinas. Marcelino lo vio alejarse, hasta que fue devorado por la espesura del camino del enmarañado sotobosque.

Son las 11:00 de la noche, se escucha el chirriar de los grillos y el canto del aguaitacamino, la montaña se ve tenebrosa, algunos aullidos de perros lastimeros interrumpen a veces el concierto de la noche.

Marcelino espera agazapado, oculto entre el follaje del camino, en una de sus manos porta un machete, el cual suelta chispas de níquel brillante al incidir el reflejo lunar en su filo limpio y amolado, en la otra una botella de Ron con apenas un dedo del tinto liquido rojizo, el licor era para agarrar brío y valentía en aquella noche espectral que se lo engullía todo en un santiamén. Un leve sonido de hojarascas secas al ser pisoteadas lo sobresalta, entrecierra los ojos intentando ver en aquellas tinieblas diabólicas y distingue algo que se acerca, es apenas un punto rojo ígneo por donde surge y se escapa un humo azulado, humarada que esfuma con la brisa helada. Al acercarse aquel ojo quizás producto de su imaginación, pudo distinguir la larguirucha silueta de Don Manuel Sucre.
-¡Don Manuel!
-¡Muchacho! ¡Con cuidado! Mira que en estos montes te puede picar una Cascabel o una Terciopelo.
-No se preocupe Sr. Yo estoy preparado. Las cuaimas me tienen miedo.
-¡Anja!
-¿Bueno donde empezamos?
-Tranquilo, sígueme, es allá en Cerro Blanco, tenemos que caminar una hora, estaremos allá exactamente a las 12:00 de la noche.

Don Manuel Sucre extrae del mapire un antiguo mechón y encendiéndole prosiguen el camino. Minutos después que llegan al sitio indicado por el difunto, en el silencio de la oscura noche, iluminados por el débil fulgor del mechón de kerosén, inician la excavación con picos y palas. Arduo es el trabajo por la endurecida piel del suelo montañoso, el sudor corre a raudales y se adhiere a las camisas embadurnadas con el barro rojizo y legamoso.

-Esto si esta hondo mi señor ¿No será esto un embuste de parte de su abuelo, perdone mi entremetimiento?

-¡Caramba muchacho! Menos palabrería y más trabajo. Yo creo que estamos cerca.

Interrumpen aquel corto dialogo para continuar con mas ahínco, hiriendo debilitados aquellas tierras malditas. Una brisa fría y húmeda se llevaba el eco de la sonoridad escabrosa del pico y la pala, apagando levemente la llama amarillezca de la lámpara de fabricación casera.

Hombres y paisaje se fundían con la triste luz de la farola, en la distancia algunos cantos de gallos pronosticaba el final de aquella noche y los ladridos de los perros exaltaban la premonición de la muerte.

-¡Aquí, aquí Don Manuel, aquí está!
-¿Donde que no veo nada?

Don Manuel se restriega los ojos y con la punta de la camisa se limpia bruscamente el sudor de la frente, perturbado ve el lumínico brillo del oro atrapado en el fondo de un triste tinajón deteriorado por el tiempo. La alegría lo invade, toma el oro en sus manos y limpia las monedas sobre la piel del pantalón humedecido, las muerde, las besa, las arroja hacia arriba como envuelto por una locura demencial y abrazando eufórico al muchacho le susurra suavemente al oído.
-¡Muchacho esto hay que celebrarlo!
Hala el mapire que se localiza al lado de aquella bóveda de tierra y extrae el “Cuartito de Ron” que había sido mezclado con veneno, lo destapa bruscamente y olvidándose del mejunje maldito e incitado por la emoción de la codicia y del oro que lo encandilaba, echa un poco del aguardiente sobre la madre tierra y exclama bullanguero:
-¡Este es para el difunto!
Y al culminar su empobrecido agradecimiento se bebe la mitad del líquido rojizo, después dirige alegre y bullanguero a Marcelino.
-¡Toma muchacho, brinda conmigo!
Marcelino toma deprisa aquella bebida demoníaca en su manos, cuando decide tomarla se detiene de súbito y queda congelado al observar que Manuel Sucre desorbita sus ojos, abre la boca de par en par por donde salía un humo azulado y grita espantosamente.
Manuel Sucre siente unos latigazos enfurecidos en el estomago y de repente se acuerda del ácido muriático que había mezclado con aquella bebida infernal.
¡Ayúdame muchacho, me estoy muriendo! Fueron sus últimas palabras antes de caer pesadamente en el mismo hueco que cavo con sus propias manos.
Marcelino arroja la bebida entre el follaje y tomando todo el tesoro huye despavorido, devorado por la espesura oscurecida.

Una ráfaga mortal se abatió en la alameda y el alma de Manuel Sucre se escapó como viento hacia el vació, la muerte se lo llevaba sin retorno al mismo infierno, donde lo esperaba con ansia el amo de las tinieblas.